Lloró mientras le contaba la penosa situación de su amiga de toda la vida. Su hija no entendía por qué estaba tan triste. El autismo no era una condición para estar tan mal.

Intentó animarla, pero fue peor. Enfurecida, la madre enumeró todos los contras que le significarían a su amiga criar a su hijo en un entorno como en el que estaban.

Rita no podía entenderla. Se encerró en su habitación y empezó a investigar sobre la condición del niño para explicarle a su madre que seguía llorando, que todo saldría bien.

Descubrió un video sobre los síntomas que presentaban los niños. Apareció una notificación: Autismo en niñas y lo vio. No supo en qué momento empezó a llorar. Ella había pensado que quizás su depresión tenía que ver con otros factores, pero no con encontrarse con el espectro del autismo. Entonces volvió a la sala con su madre. Ella la miraba fijamente.

-¿Así que ya lo sabes?

-¡No entiendo por qué no dijiste nada!

-Quería… (se le quebró la voz) quería que tuvieras una infancia normal, una vida normal…

– He sufrido en silencio, sin diagnóstico. He vivido una vida que se siente miserable. ¡Taparse los ojos no borra el problema!

Rita salió de casa aturdida por el descubrimiento. Se preguntó, si acaso, el origen de la tristeza era una manifestación a los trastornos médicos y al caparazón de las madres para intentar cuidar a sus hijas.

Mayra Ochoa Montes.